Editorial

Agosto 2018

En un mundo globalizado, la migración es un hecho muy frecuente. La migración “per se” no es mala. Corresponde, o debiera corresponder, a un equilibrio entre las necesidades laborales de un país y la búsqueda de ciudadanos de distintos orígenes, de mejores condiciones de vida. También existen aquellos que piden asilo o migran en forma masiva por condiciones de desastres naturales, hambruna o guerra.

Pero lo más frecuente es la migración personal, caso a caso y de gente que deja su país de origen en busca de mejores horizontes.

Existen casos dramáticos, como el de los países del Mediterráneo que, día a día, deben resolver el problema de cientos de personas que llegan a sus costas, sin identificación, sin condiciones higiénicas adecuadas y con importante compromiso nutricional.

Cuando no hay una política migratoria clara, comienzan a producirse los problemas. En ese sentido nuestro país ha sido una puerta abierta para recibir miles de migrantes de diferentes países de América, fundamentalmente.

Al producirse el desbalance de los requerimientos nacionales y el flujo de migrantes, éstos comienzan a alterar el acceso a las fuentes de trabajo, acceso a la salud, a tener una vivienda digna.

El otro problema es la migración ilegal. Todos los países, sin excepción, tienen el derecho de recibir a la genta que realmente les interese, por supuesto haciendo excepción a los casos dramáticos de derecho humanos o asilo político.

La migración ilegal, como cualquier falta o delito, está penalizada y nadie puede protegerla como una forma natural de acceder a otro país.

Es cierto que la situación de muchas de estas personas puede ser desesperada, por lo que inclusión de una normativa que analice caso a caso las solicitudes, sería muy bien recibida por la ciudadanía.

Por último, en el otro extremo, existen personas que migran, en forma legal o no, pero que tienen problemas con la justicia de sus países o comete delitos en el país que los acoge; ladrones, asesinos, narcotraficantes, etc., ellos deben rápidamente ser devueltos a sus países originarios, como lo hecho recientemente el gobierno de Chile.

La tolerancia, la solidaridad, tiene sus límites.

Dr. Mario Uribe
Editor.

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