Noviembre 2019

 

Chile vive un momento muy difícil. Las movilizaciones sociales, justas y postergadas por años, se acompañan de actos de vandalismo y saqueo. Sin ser un experto en el tema sociológico, lo vaticiné hace más de diez años. Era cosa de observar como aumentaban las diferencias sociales en nuestro país, con un incremento desmesurado de la riqueza en manos de pocos versus condiciones precarias de la gran mayoría de los chilenos. Es cosa de observar la historia y ver que estas características han sido la cuna de las revoluciones.

 

Sin embargo, quiero centrarme en las demandas ciudadanas sobre la salud.  Si bien el acceso de la salud se considera un derecho, la posibilidad real de tener una atención de calidad en un plazo razonable es excepcional en el sistema público, a diferencia de lo que ocurre en la atención privada.  Largas listas de espera hacen que, por ejemplo, los pacientes oncológicos, sean atendidos muchas veces con enfermedades avanzadas, o diseminadas, lo que hace imposible realizar los procedimientos terapéuticos planificados.

Hay pacientes que mueren en las listas de espera, otras quedan fuera del alcance terapéutico, para fallecer algunos meses después.

El sistema privado, administrado por las llamadas Isapres, tienen grandes ganancias a costa de no entregar los beneficios que la gente espera de ellos; contratos interminables, imposibles de leer, con la llamada “letra chica”, hace que en el momento de enfermarse, las coberturas no son las adecuadas y los copagos elevadísimos. Tampoco sirve.  Por supuesto que hay un grupo privilegiado de chilenos que tienen acceso a los mejores planes y sobre ellos, a la cobertura de un seguro que hace que puedan enfrentar las enfermedades con bastante holgura económica, son muy pocos.  Los médicos jóvenes ven dificultado el acceso a la especialización.  El personal de salud debe realizar doble turno o muchas horas extraordinarias para, ni siquiera, lograr un sueldo digno.  Si a eso se le suma las largas horas de traslado a los lugares de trabajo, hace que su vida sea de muy mala calidad.

Los pacientes deben hacer largas filas, muchas veces de pie, para ser atendidos en los consultorios y policlínicos, a los cuales no siempre logran acceder. Colas, en este momento de más de quinientas personas completan el entorno de los consultorios simplemente para intentar conseguir medicamentos, de los cuales muchas veces depende su vida.  No siempre lo logran.

En un intento de mejorar la accesibilidad a la salud, se compran servicios al sistema privado, gastándose millonarias sumas de dinero, parte del cual, a lo menos, debería ir a fortalecer el sistema público.

Me hubiera gustado decir que nadie justifica la violencia, pero sólo me atrevo a afirmar que la mayoría no la justifica.  Hay cansancio, resquemores, desconfianza y pérdida de esperanza en todos los ambientes.  Sólo me he referido a los principales problemas de salud pues si tuviéramos que escribir sobre sistemas previsionales, jubilaciones dignas, acceso a la educación, colusiones para cobros excesivos en los servicios más básicos, tendríamos que disponer de demasiado espacio y tiempo.

Se precisan cambios ahora, o al menos una ruta clara y precisa, con plazos definidos para realizarlos.